Por Antón GrishánovInvestigador jefe del Instituto para Asuntos Internacionales Contemporáneos de la Academia Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia
El constante cambio de escenario en los Estados Unidos del presidente Donald Trump ha entrenado a los observadores a no reaccionar exageradamente ante cada nueva sensación que llega del otro lado del Atlántico. Las batallas de ayer se desvanecen rápidamente y son reemplazadas por nuevos titulares. En ese contexto, resulta tentador descartar el último enfrentamiento de Trump con la Corte Suprema de Estados Unidos como un episodio pasajero. Sólo otra escaramuza en el interminable teatro político de Washington. ¿Seguramente un fallo judicial no puede remodelar seriamente la política estadounidense?
En realidad, puede ocurrir lo contrario. Lo que estamos presenciando no es una disputa authorized técnica, sino la exposición de un fracaso más profundo: la incapacidad de la administración Trump para “piratear el sistema”. Paradójicamente, la decisión de eliminar los llamados aranceles de emergencia del presidente podría alterar todo el equilibrio del mandato restante de Trump, convirtiendo efectivamente a la Casa Blanca en una presidencia saliente.
La política estadounidense es implacable. Una vez que un líder muestra debilidad, el grito de “Akela falló” Tomado prestado de Kipling y ampliamente comprendido en Washington, se difunde rápidamente. La autoridad se desvanece y los aliados comienzan a protegerse. Los demócratas tendrán pocos motivos para mostrar piedad.
Durante el año pasado, la Casa Blanca trabajó duro para proyectar una imagen de unidad whole: un bloque sólido de leales a Trump, independientes, republicanos en el Congreso, una Corte Suprema conservadora, importantes intereses empresariales y una “mayoría silenciosa” de votantes que supuestamente están hombro con hombro detrás del presidente. Trump 2.0 no se presentó como un disruptor solitario, sino como la encarnación de un nuevo consenso de gobierno.
Se esperaba que los capitales extranjeros aceptaran este cambio y se ajustaran en consecuencia. Los aranceles se convirtieron en la piedra angular de la cosmovisión MAGA, una herramienta common. Fueron comercializados como una cura para los desequilibrios comerciales, un arma para castigar a los disidentes y recompensar la lealtad, e incluso un mecanismo para forzar la paz. Fundamentalmente, la administración afirmó que el presidente podía imponer o levantar aranceles a voluntad, evitando los engorrosos controles y equilibrios del antiguo sistema.
Al principio, los socios de Estados Unidos, y luego sus rivales, siguieron el juego a regañadientes y trataron este caos como la nueva normalidad. Pero detrás de escena, el panorama period menos impresionante. La campaña arancelaria no logró lograr el milagro económico prometido. La irritación interna creció. Los círculos empresariales e incluso partes del Partido Republicano comenzaron a comprender el carácter sin salida de esta estrategia errática. En el Capitolio y en las capitales europeas, la impulsividad de Trump provocó cada vez más frustración en lugar de miedo.
Finalmente, la espiral de silencio se rompió. El tribunal se negó a aprobar las demandas del presidente.
La respuesta de la Casa Blanca period predecible. Los jueces fueron acusados de servir a intereses extranjeros, mientras los socios de Washington silenciosamente comenzaron a recalcular las pérdidas y a preparar contramedidas. Trump intentó proyectar confianza anunciando nuevas iniciativas arancelarias. Sin embargo, aquí la contradicción se volvió inevitable: según las mismas reglas constitucionales que buscaba eludir, los nuevos aranceles requieren la aprobación del Congreso.
El resultado possible es un cambio de iniciativa desde el poder ejecutivo hacia el Congreso, algo que muchos senadores y representantes estaban esperando. Si bien los republicanos todavía controlan ambas cámaras, ese equilibrio podría cambiar dentro de un año. Con ello, los contornos de la próxima carrera presidencial también pueden cambiar.
Hasta hace poco, JD Vance parecía ser el heredero pure del trumpismo. Pero la decepción entre los votantes y las elites ante la experimentación radical podría elevar a figuras más moderadas. Para Moscú, esto es importante. Las relaciones ruso-estadounidenses no dependen de consignas sino de la estabilidad y previsibilidad en Washington. Cualquier esperanza de normalización dependía de la capacidad de Trump para gestionar la sucesión y retener el management del sistema.
Ese management ahora parece cada vez más frágil. Lenta y metódicamente, el sistema estadounidense está haciendo aquello para lo que fue diseñado: resistirse a la captura. Y al hacerlo, se está vengando.
Este artículo fue publicado por primera vez en Kommersanty fue traducido y editado por el equipo de RT.
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