Mientras los creativos de Hollywood se preparan para una fusión entre Netflix y Warner Bros., les viene a la mente un viejo dicho: “el medio es el mensaje”. Acuñada en la década de 1960 por el filósofo y teórico de los medios canadiense Marshall McLuhan, la frase advertía contra las nuevas tecnologías que no sólo ofrecen contenidos, sino que reorganizan la percepción y las prioridades culturales. La perspectiva de McLuhan se vio moldeada por la llegada de la televisión al mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Period la época en la que los televisores ocupaban un lugar destacado en los salones de la gente. Estos nuevos medios estaban replanteando cómo la gente veía el mundo y le daba sentido.
Si bien los años 60 pueden parecer hace mucho tiempo, la huella que nos dejan las nuevas formas de tecnología continúa. El auge de las plataformas de streaming como Netflix, en ese sentido, exige un escrutinio no por lo que nos muestran, sino por cómo remodelan silenciosamente las condiciones bajo las cuales se produce y devour la cultura.
La reciente turbulencia en torno al creciente dominio de Netflix, incluida su relación cada vez más profunda con estudios heredados como Warner Bros., ha reavivado la ansiedad sobre el futuro del cine.
Si bien gran parte del debate público en torno a esta fusión parece centrarse en el destino de las películas en los cines, creo que se está produciendo una transformación mucho más profunda. Y esto va más allá de la distribución de contenidos.
El cine, durante la mayor parte de su historia, se estructuró en torno a la escasez y la colectividad. Las películas llegaban a horas fijas, en espacios designados y exigían la atención de un público reunido. Esta arquitectura dio forma no sólo a la economía del cine sino también a su estética y significado social.
El acto de ir al cine period comunitario, ritualizado y público. El streaming disolvió estas limitaciones. Reemplazó el tiempo compartido con acceso a pedido, el espacio público con pantallas privadas y la inmersión narrativa con disponibilidad perpetua.
Y un medio que priorice la conveniencia, la velocidad y la personalización alteraría inevitablemente la forma en que se experimentan las historias. Los atracones colapsan el ritmo narrativo; los algoritmos convierten el descubrimiento en predicción; y el acceso constante erosiona la sensación de anticipación que alguna vez enmarcó los eventos culturales.
En este contexto, el contenido se vuelve menos una ocasión y más una condición de fondo: siempre presente, rara vez central. Esta es la razón por la que la convergencia entre Netflix y los estudios inquieta tanto a los propietarios de cines como a los trabajadores culturales.
Cuando las películas se conciben principalmente para salas de estar y pantallas móviles, la escala, la duración y el lenguaje visible se adaptan en consecuencia. El medio ejerce presión mucho antes de que el público presione reproducir.
También hay una consecuencia más sutil. Las plataformas de streaming fomentan el consumo en solitario. Cada espectador habita un catálogo personalizado, moldeado por datos y preferencias en lugar de una urgencia cultural compartida. Con el tiempo, esto fragmenta los puntos de referencia comunes que alguna vez permitieron que las películas funcionaran como conversación pública.

Lo que alguna vez fue un encuentro colectivo se convirtió en una experiencia curada individualmente.
Si bien el streaming claramente ha ampliado el acceso, diversificado la narración y debilitado a los guardianes de larga knowledge en el cine, este medio también sobresale en diluir la atención y crear silos de visualización.
Esto, a su vez, borrará la centralidad social del cine y eliminará la suposición de que las historias se encuentran juntas.
Esto no conducirá a la muerte del cine, sino a una silenciosa reconfiguración de cómo la cultura encaja en la vida diaria. Y estos son cambios que apenas notaremos. Esto se debe a que el espectador permanecerá obsesionado con el efecto de desplazamiento deadly de un catálogo de contenido seleccionado por un algoritmo. Y cuando el contenido se vuelve seen para el espectador, el medio ya ha hecho su trabajo.
Más allá de este acuerdo, el verdadero legado de Netflix no se medirá por el número de suscriptores o los premios, sino por cuán completamente ha normalizado una nueva forma de consumir medios, una que cambia la experiencia compartida por el acceso bajo demanda y la atención colectiva por un flujo personalizado.
Publicado – 19 de diciembre de 2025 08:00 am IST










