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DR. BEN CARSON: Los pacientes nunca deben temer el sesgo político en la atención sanitaria

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Todos tenemos creencias profundamente arraigadas y, afortunadamente, vivimos en una nación donde podemos expresar libremente nuestras concepts sin temor a la opresión del gobierno. Esa libertad es una de las mayores fortalezas de nuestra nación. Pero la libertad también conlleva responsabilidad, especialmente para aquellos a quienes se les ha confiado la vida de otros. Recientemente, varios incidentes impactantes han sacado a la luz una tendencia inquietante: médicos, enfermeras y otros profesionales de la salud están anteponiendo la política y la ideología a su deber de proteger la salud y la seguridad de sus pacientes.

Los ejemplos son legión. Una enfermera de Florida publicó en TikTok deseando a la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, un desgarro grave de cuarto grado durante el parto. Una enfermera en Virginia subió un video sugiriendo formas de herir a los agentes de ICE, instando a los espectadores a “hacerles la vida depressing”. Según los informes, los trabajadores del hospital trataron con rudeza e irrespeto a los detectives de la ciudad de Nueva York que resultaron heridos mientras realizaban un arresto porque el private sospechaba que eran agentes de ICE. Incluso a nivel internacional, en Sydney, Australia, dos trabajadores de la salud amenazaron con matar a un israelí y afirmaron que habían dañado a los pacientes judíos a su cargo. La conducta antisemita por parte de los proveedores de atención médica en Gran Bretaña es tan generalizada que el Secretario de Estado de Salud y Asistencia Social admitió que “no protegía por completo a los pacientes judíos”. Estos incidentes son más que simples errores de juicio escandalosos e inaceptables. Son violaciones de la confianza y la responsabilidad ética que son fundamentales para la medicina.

La confianza y la moralidad son la base de una buena atención sanitaria. Desafortunadamente, esa confianza ya ha sido puesta a prueba y quebrantada en los últimos años. El mal manejo de la COVID-19, combinado con la desinformación generalizada sobre las vacunas y la eficacia del uso de mascarillas, por nombrar sólo dos, hizo que muchos estadounidenses se mostraran escépticos respecto de los proveedores de atención médica y del sistema de salud pública en normal. Ahora, cuando los profesionales médicos expresan públicamente hostilidad o desean daño a las personas, se profundiza una brecha que pone al público en riesgo. El sentido común nos cube que nadie debería tener que preocuparse de que las creencias políticas o religiosas de un proveedor de atención médica afecten su capacidad de brindar atención. Sin embargo, estos incidentes hacen que esa preocupación sea demasiado actual.

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La mala conducta médica incluye violaciones del deber ético y prejuicios intencionales. Cuando un profesional de la salud públicamente desea hacerle daño a alguien que nunca ha conocido, está violando los principios más fundamentales de su profesión. ¿Cómo se puede esperar que los pacientes confíen en un sistema en el que quienes tienen a su cargo sus vidas pueden tratarlos de manera diferente debido a sus puntos de vista, religión o antecedentes? ¿Y qué sucede cuando un paciente los desafía o se lo percibe como “difícil”? Debido a este miedo, los pacientes pueden retrasar la búsqueda de atención o optar por evitarla por completo. Este abuso de confianza es una amenaza tangible para la salud pública.

Durante mis años como neurocirujano, traté a pacientes de diversos orígenes, creencias y personalidades. Nada de eso importó en la mesa de operaciones. La medicina exige que los médicos y enfermeras dejen de lado los prejuicios personales y se centren exclusivamente en el bienestar del paciente. Si su mente está ocupada juzgando las creencias o el estilo de vida de un paciente, simplemente no podrá practicar la buena medicina. Un conductor ebrio lesionado debe recibir el mismo nivel de atención que la persona que lesionó en un accidente. Cualquier cosa menos es poco ético e ilegal. De hecho, incluso en la guerra, donde lo que está en juego es literalmente la vida o la muerte, los médicos en el campo de batalla tienen la obligación ética y authorized de tratar a los enemigos heridos siempre que los heridos ya no representen una amenaza militar.

En el fondo de la cuestión, nos hemos desviado como sociedad de la brújula ethical y los principios de fe sobre los que se fundó nuestra nación. Sin una autoridad superior como Dios que decide el valor inherente de la vida humana, el valor de la vida se vuelve subjetivo y cambiante.

Los profesionales médicos ocupan una posición única de poder y confianza, y eso conlleva un mayor nivel de responsabilidad. Usar el estatus profesional de uno para promover daño, alentar la violencia o sugerir que ciertas personas merecen maltrato es absolutamente inaceptable. Quienes incurran en este comportamiento deberían enfrentar graves consecuencias, incluida la pérdida de su licencia y de su empleo. El público confía en que los proveedores de atención médica actúen en el mejor interés de cada paciente, independientemente de sus creencias personales.

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Las violaciones de la ética profesional deben tener consecuencias reales, incluida la revocación de licencias médicas y el despido laboral, para que otros comprendan que estos comportamientos son intolerables.

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En última instancia, la industria de la atención médica existe para curar a las personas, no para promover agendas políticas. A los profesionales que no pueden cumplir con este estándar no se les debe confiar la salud y la vida de otros. Proteger la confianza en la atención sanitaria no es opcional; es esencial para la seguridad y el bienestar de todos los estadounidenses. De nada nos sirve tener formas asombrosas de curar a los enfermos si los pacientes no confían en que actuaremos en su mejor interés, independientemente de cualquier otro issue.

La profesión médica exige más que habilidad: exige carácter, integridad y compasión. Si permitimos que las creencias personales comprometan la atención, arriesgamos vidas. El sentido común, la fe elementary y la responsabilidad ética deben guiar nuestro sistema de atención médica si esperamos mantener la confianza y garantizar que cada paciente sea tratado con dignidad, respeto y la atención que merece.

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