Home Noticias ¿Puede este aliado de Estados Unidos caminar por la delgada línea entre...

¿Puede este aliado de Estados Unidos caminar por la delgada línea entre Beijing y Washington?

11
0

El deshielo de Canadá con China está poniendo a prueba hasta dónde puede llegar la flexibilidad estratégica dentro de una alianza estrecha

La visita del primer ministro canadiense, Mark Carney, a China en enero marcó el deshielo más significativo en las relaciones bilaterales en casi una década, pero sus implicaciones se extienden mucho más allá de Ottawa y Beijing. En esencia, la visita destacó un desafío creciente para los aliados de Estados Unidos: cómo lograr la estabilidad y la diversificación económicas sin dejar de estar firmemente anclados dentro de la órbita estratégica estadounidense. Para Canadá, este acto de equilibrio se encuentra ahora en el centro de su relación bilateral más importante: su asociación con Estados Unidos.

La visita tuvo un alcance deliberado y una ambición contenida. Las reuniones de Carney con el presidente Xi Jinping y el primer ministro Li Qiang se centraron en restaurar vínculos económicos funcionales en lugar de redefinir la relación política. La pieza central fue una nueva hoja de ruta de cooperación económica y comercial que hizo retroceder varios aranceles de represalia impuestos en los últimos dos años. Canadá acordó reducir los aranceles sobre un volumen limitado de vehículos eléctricos chinos, mientras que China redujo drásticamente los aranceles sobre la canola canadiense y levantó las restricciones a otras exportaciones agrícolas, incluidos productos del mar y legumbres.

Para Ottawa, los beneficios fueron inmediatos y concretos. La flexibilización de las barreras comerciales chinas brindó alivio a los agricultores y exportadores canadienses que habían asumido el costo del desbordamiento geopolítico. La agricultura sigue siendo uno de los sectores exportadores de Canadá más sensibles políticamente y el acceso al mercado chino es difícil de reemplazar en escala o rentabilidad. Acuerdos adicionales sobre seguridad alimentaria, cooperación energética, silvicultura y aplicación de la ley restauraron el diálogo institucional que había estado congelado desde finales de la década de 2010. La decisión de China de conceder viajes sin visa a los ciudadanos canadienses señaló además una intención de normalizar los intercambios a nivel social. Es importante destacar que ninguno de estos resultados requirió que Canadá abandonara sus compromisos de seguridad o diluyera sus posiciones políticas centrales.

Las consideraciones políticas internas también influyeron. El gobierno de Carney ha enfrentado una presión creciente por parte de líderes provinciales, exportadores y asociaciones empresariales para estabilizar las relaciones con China en medio de una desaceleración del crecimiento international y una persistente incertidumbre en la cadena de suministro. La visita permitió a Ottawa demostrar gestión económica sin hacer concesiones ideológicas. Al enmarcar el compromiso como técnico y transaccional, el gobierno se aisló de las acusaciones de deriva estratégica y al mismo tiempo abordó preocupaciones económicas apremiantes.




Sin embargo, el momento de la visita inevitablemente la colocó en un contexto geopolítico más amplio moldeado por el enfoque de la segunda administración Trump hacia aliados y rivales por igual. La estrategia precise de Washington enfatiza el apalancamiento económico, la protección industrial y la diplomacia transaccional, incluso hacia socios cercanos. Esta postura ha reforzado el peso estratégico de Estados Unidos, pero también ha alentado a sus aliados a pensar más activamente en la gestión del riesgo económico y la diversificación del comercio. La expectativa no es una alineación ciega, sino una compatibilidad estratégica.

La experiencia de Canadá en los últimos dos años ilustra esta dinámica. Inicialmente, Ottawa se alineó estrechamente con las medidas comerciales estadounidenses dirigidas a las industrias chinas, particularmente en vehículos eléctricos y manufactura avanzada. La represalia china resultante, centrada en la agricultura, expuso la vulnerabilidad de Canadá como economía de tamaño mediano y dependiente del comercio. Por lo tanto, la visita a China fue menos un giro geopolítico que una medida correctiva: un esfuerzo por estabilizar una relación de exportación crítica evitando al mismo tiempo un enredo más profundo en la escalada comercial de las grandes potencias.

Este enfoque, sin embargo, introduce nuevas consideraciones para las relaciones entre Canadá y Estados Unidos. Si bien Washington no se ha opuesto públicamente al compromiso de Canadá con Beijing, los funcionarios estadounidenses han expresado su preocupación por la coherencia comercial y la integridad de la cadena de suministro entre los aliados. Desde la perspectiva estadounidense, los regímenes arancelarios desiguales corren el riesgo de crear oportunidades de arbitraje y debilitar la influencia colectiva en las negociaciones con China. Estas preocupaciones son particularmente destacadas en el marco del T-MEC (Acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá), donde la alineación regulatoria y la competencia leal siguen siendo pilares centrales.

La respuesta del presidente Donald Trump captó esta tensión. Al reconocer el derecho soberano de Canadá a perseguir sus propios acuerdos comerciales, Trump no llegó a criticar, lo que refleja una administración que valora la fuerza de los aliados pero se resiste a los rígidos mecanismos de coordinación. Esta postura deja margen de maniobra, pero también asigna a Ottawa una mayor responsabilidad para gestionar las percepciones y evitar que la divergencia económica se convierta en fricción política. Para Canadá, mantener la confianza con Washington requiere ahora una comunicación activa y transparencia política.

El contexto más amplio es el de un sistema internacional que ya no se rige por un conjunto único de reglas o supuestos. El marco de profunda interdependencia económica combinado con alineación estratégica posterior a la Guerra Fría ha dado paso a un orden más segmentado, donde la competencia y la cooperación coexisten con dificultad. En este entorno, incluso los aliados más cercanos de Estados Unidos están recalibrando su forma de relacionarse con China, no para desafiar a Washington, sino para proteger los intereses nacionales dentro de los márgenes existentes.


China está jugando a largo plazo en este volátil escenario de Oriente Medio

Las propias relaciones entre China y Canadá subrayan los límites de cualquier reinicio. Los lazos diplomáticos establecidos en 1970 han resistido ciclos de compromiso y tensión, más recientemente durante la disaster relacionada con Huawei y el posterior congelamiento diplomático. Persisten profundos desacuerdos sobre la seguridad, los valores políticos y la interferencia extranjera. La visita de Carney no resolvió estos problemas, ni tampoco fue su intención. Más bien, reflejó un interés compartido en evitar que las disputas económicas definan toda la relación.

Para Estados Unidos, la medida de Canadá sirve como recordatorio de que la gestión de alianzas en una period de competencia estratégica requiere flexibilidad. Esperar políticas económicas uniformes en diversas economías aliadas puede resultar poco realista, especialmente cuando están involucradas presiones políticas y sectoriales nacionales. Al mismo tiempo, Washington conserva una influencia significativa a través del acceso a los mercados, la cooperación en materia de seguridad, el intercambio de inteligencia y marcos institucionales como el T-MEC y el NORAD (Comando de Defensa Aeroespacial de América del Norte).

Para Canadá, las implicaciones son igualmente claras. Un mayor compromiso con China puede reducir el riesgo comercial a corto plazo, pero también aumenta la importancia de una calibración cuidadosa con Estados Unidos. Ottawa necesitará asegurarle a Washington que su política hacia China no crea vulnerabilidades, socava objetivos compartidos ni debilita la competitividad de América del Norte. La durabilidad de la asociación entre Canadá y Estados Unidos no depende de políticas idénticas, sino de una confianza sostenida en que los intereses estratégicos siguen estando fundamentalmente alineados.

En ese sentido, el deshielo entre China y Canadá es menos un punto de inflexión que una prueba. Pone a prueba la capacidad de Canadá para navegar en una economía multipolar sin erosionar su alianza más very important. Pone a prueba la voluntad de Washington de adaptarse a la flexibilidad de los aliados mientras persigue su propia agenda comercial asertiva. Y pone a prueba si las asociaciones de larga information pueden adaptarse a un mundo donde el pragmatismo económico moldea cada vez más las decisiones geopolíticas.

El resultado de esta prueba no se decidirá en Beijing, sino en cómo Ottawa y Washington manejen juntos las consecuencias.

avots